Creo que todos tenemos un día perfecto. Siempre hemos soñado con ese día, en nuestro sitio preferido, con nuestra persona favorita, haciendo lo que nos apetece en cada momento. Sin problemas, sin agobios. Pues si, hoy os voy a contar cómo sería el mío. Aunque solo uno de ellos. El que pasaría en mi ciudad favorita, París.desayuno paris

Nos levantaríamos a la hora que nos apeteciera, madrugar no entra dentro de los parámetros de mi día perfecto. Desayunaríamos en la terraza del hotel. Tranquilamente, con el aire refrescando la mañana, porque si, odio el calor, así es que nunca jamás iría en verano. De hecho, seguramente sería en otoño, octubre es un mes perfecto. Tostadas con mantequilla (sin mermelada, no me gusta) y un café con leche (con tres cucharadas de azúcar). Desayunaríamos y hablaríamos durante un buen rato tumbados en un banco que hay en la terraza del hotel, incluso un poco tapados con una manta.

A lo largo de la mañana bajaríamos a pasear por la ciudad que tanto me enamora. Recorreríamos cogidos de la mano Los campos Elíseos. Todo está precioso. Hay muchas hojas secas en el suelo y hace un poco de aire, por lo que hay que ir con una chaqueta y un poco abrigados. Y no os voy a mentir, es la excusa perfecta para que él me abrace todo el rato.

campos eliseos en otoño

Cuando estamos llegando al Arco del Triunfo nos da hambre. Nos compramos algo de comer en alguna panadería y nos sentamos en el césped a comer. Cuando acabamos, no nos apetece ponernos a andar todavía, aún falta un rato para la hora del café.

Así es que buscamos un árbol grande y nos tumbamos debajo, nos ponemos música y nos quedamos ahí un buen rato, hablando, escuchando la música, cantando un poco de vez en cuando, una caricia, un beso por aquí, un me acurruco por allá y entonces, como suele ocurrir, yo acabo durmiéndome, así es que cuando me despierta con su forma peculiar, ya es hora de ir a tomar café.

Pero no vamos a ir a cualquier lugar. A mi cafetería preferida. No es la que tiene el mejor café del mundo porque ese solo lo tiene mi Pili, pero está en una calle que lleva directa a la Torre Eiffel. Tiene una terraza que da a la calle y te sientas mirando a la gente pasar… Hay tantas historias que se pueden observar desde esa terraza. La gente que va de un sitio para otro con sus vidas ajetreadas, la que pasea simplemente en su día libre, la que se puede ver en sus casa recogiendo la mesa, o viendo la televisión desde el sofá.

terraza-cafc3a9-de-lhomme-2-brEse momento, contigo al lado cogiéndome la mano, mi café en la mesa y la Torre Eiffel observándonos tras los árboles, ese momento es mi felicidad absoluta.

Por la tarde paseamos por el barrio de Montmartre. Hay pocos sitios en el mundo que me relajen tanto como las callejuelas de este barrio. Entrar a todas las pequeñas tiendas de antigüedades (“alumbrale la noche, a ese corazón desilusionado, a veces maltratado”), en las que venden cosas raras que en cualquier otra parte del mundo jamás comprarías, pero que como estás en París, adquieren un encanto especial, algo que te enamora, que te hace querer colocarlo en ese sitio especial de la estantería.

Cogemos rumbo al Sena. No sé si lo sabréis pero en la orilla del río hay unos bancos donde las parejas cogen una botella de vino y se van a pasear y a sentarse a mirar los barcos pasar. Y esa es nuestra próxima parada. Ese banco donde baila Gene Kelly en “Un americano en París”, y sí, habéis acertado, vamos a bailar en esa orilla, con una copa de vino en la mano y una sonrisa de oreja a oreja.

Una noche perfecta en París.

Y por fin llega la noche, y es que no lo sabéis pero llevo todo el día esperando que anochezca porque me han prometido que me van a llevar a la Torre Eiffel y que por fin voy a poder subir.

Cogemos un barco desde Montmartre hasta nuestro destino. Cenamos en él con música en francés de fondo. Sed sinceros, hay algo más romántico que una cena por el Sena, con todos los edificios históricos alumbrados hasta la última esquina, con esa persona especial y con música en francés (diciendo mon amour) de fondo? A qué no? Además hay pasta para cenar. Hacía años que no comía este plato. Es una pasta gigante con un queso fresco que no tengo nada claro cómo se llama. La última vez que lo probé fue en Florencia con 18 años, y está igual de bueno que lo recordaba.

– ¿Te apetece bailar?

– Claro

– Dame la mano.

Y así, nos quedamos (dejadme, es mi día perfecto y puedo ser todo lo cursi que quiera), bailando , susurrándonos cosas, con algún beso de regalo.

A las 22:30 acaba el trayecto en barco. Bajamos y compramos las entradas para subir a la Torre Eiffel. No sé si lo sabéis, seguro que si, pero tiene dos tramos. El primero llega hasta la mitad, donde hay un restaurante y una tienda muy agobiante. Bueno, pues nosotros subimos directamente hasta arriba porque no me apetece que otra vez me digan que me tengo que quedar en medio.image

Y entonces llegamos arriba. Y vemos todo París iluminado. De verdad que hay pocos sitios que me emocionen tanto, sobretodo contigo. No necesito nada más en ese momento. Estoy allí, contigo, tengo un abrazo y un beso. Reconocer que la imagen es preciosa. Pero ahora viene lo que nos encanta a los dos. Bajamos otra vez a la realidad y nos tumbamos en el suelo, justo en la base de la torre, donde parece que todo son luces y nuestras sonrisas. Tu mano en la mía. Y el mundo es nuestro, nuestro mundo, nuestro pequeño círculo de felicidad y seguridad.

Querido París, pero qué bonito eres.

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